El baluarte de la ética
Filosofando

El baluarte de la ética

10/03/2020
L

os conflictos, la descortesía, la criminalidad o la ira, así como la melancolía que existe, no son necesariamente emanaciones de una sociedad mentalmente enferma, sino, más bien, fruto de un grave problema moral. Es decir, ético. Es decir, filosófico.

 


Es completamente cierto que existen en el mundo enfermedades mentales y, por ello, es necesaria la existencia de medicación y centros de internamiento que vigilen y atienda a pacientes que sufren de estas dolencias. Ahora bien, es necesario también admitir que una gran parte de los problemas de infelicidad que vivimos actualmente -y que cada vez más se enuncian con palabras como trastorno, síndrome, etc.- no son enfermedades mentales propiamente dichas.
¿Hemos enfocado el problema de esa manera? No, realmente. Hoy día casi cualquier emoción mala que sintamos puede ser interpretada por la psiquiatría como un síntoma de una enfermedad mental, de las muchas que aglutinan en denominado DSM (Manual de estadística y diagnóstico). En los años 80, se establecía que uno de cada diez estadounidenses sufría una enfermedad mental. En los 90, que eran ya uno de cada dos. Siguiendo esa estadística, hoy todos estamos "locos", pues el citado DSM ha ido añadiendo entradas, de manera que cualquier comportamiento que llevemos a cabo puede ser diagnosticado como síntoma de una enfermedad. En ese caso, su médico le recetará la correspondiente pastilla para que el paciente (y la empresa farmacéutica que crea el medicamento) se sientan bien. Nada hay de malo en ello mientras solucione el problema, pero la realidad es que en no pocas ocasiones este persiste una vez abandonada la medicación, porque el origen de nuestro mal va más allá de la mera alteración química del cerebro. Suele ser consecuencia directa de las ideas que sostienen nuestro pensamiento. Y en ese sentido, la filosofía puede ayudar a recuperar cierto orden y lograr una mayor paz mental.
Ejemplos de principios filosóficos aplicables a problemas psicológicos
Suele decirse que la ansiedad es un exceso de futuro, mientras que le depresión es un exceso de pasado. Si somos personas que tienden a focalizar sus pensamientos y su vida en el futuro, en prever todas las cosas que pueden ir mal y planear cada paso hasta el mínimo detalle, hasta el punto de que se vea afectada nuestra vida diaria, es posible que terminemos sufriendo un ataque de ansiedad o, peor aún, de pánico. Nuestro cuerpo hace uso del estrés como un elemento de supervivencia, de manera que en una situación de peligro o ataque podamos hacer uso de todas nuestras cualidades físicas. Sin embargo, no estamos preparados para mantener ese estado de alerta de manera constante, y cuando eso ocurre, como en los citados casos de ansiedad, terminamos pagando el precio.
Del mismo modo, puede que pasemos los días en el pasado, llorando tal o cual pérdida, soñando con cómo hubiera sido nuestra vida de haber actuado de otro modo o tratando de decir en el presente lo que hubiéramos querido decir a alguien diez años antes. Igualmente, una práctica que en pequeñas dosis es del todo razonable pero que puede llegar a convertirse en enfermiza, desembocando en una depresión, por ejemplo.

Una lectura recomendable, tanto en uno como en otro caso, sería la de alguno de los filósofos estoicos más relevantes, como Séneca, el emperador Marco Aurelio o Epicteto. ¿Por qué? Pues porque todos estos hombres, junto al resto de filósofos estoicos, incidieron en la importancia de no caer en dichos vicios y aprender a vivir en el presente (entre muchas otras ideas). En lo referente al futuro, el ideal determinista de los estoicos (todo está prefijado y lo que nos sucede ocurre por una buena razón) nos obliga a aceptar que hay muchas cosas que no podemos cambiar, porque son como han de ser. Tampoco hemos de preocuparnos por la manera en que actuaremos en el futuro, ni tener miedo de no dar la talla, puesto que abordaremos los sucesos de mañana con la misma entereza con la que subsanamos los problemas de hoy.
En lo referente al pasado, un estoico nos diría que, en primer lugar, aceptásemos lo ocurrido en lugar de fantasear con qué hubiéramos hecho. Deberíamos ponernos a pensar detenidamente en qué podemos hacer al respecto hoy y, en caso de no poder hacer nada, aceptar que no es importante. Para los estoicos, lo único que debe mantener nuestra atención son aquellas cosas sobre las que tenemos algún control, dejando las demás en manos del destino, y sus enseñanzas buscaban ante todo el lograr la ataraxia: la tranquilidad de espíritu.
Otro de los problemas que suelen llenar las clínicas psicológicas y psiquiátricas es lo que se ha dado en llamar trastorno adaptativo. Se refiere a la situación en la que un paciente es incapaz -o presenta graves problemas para ello- de lidiar con cambios bruscos en su vida. Un divorcio, la muerte de un familiar, la pérdida de un empleo, un conflicto familiar, etc. Situaciones que se dan en la vida de cualquiera y que pueden desestabilizar por completo nuestro día a día.
¿Qué filosofía podría ayudar a estas personas? Alguna que normalizara en nuestra mente el concepto de cambio, que nos ayudara a comprender que este es algo normal y natural y que, por el contrario, el deseo de una vida siempre igual, basada en la rutina, no es más que una entelequia.
Entre los filósofos que han indagado en estas ideas podemos encontrar a Heráclito, quien sostenía que toda la existencia es devenir, sujeta al cambio constante. Razón y pasión, placer y dolor, vida y muerte; todo ello parte de un diálogo de opuestos en eterno movimiento que domina toda la existencia. O Lao Tsé, que en su famoso Tao Te Ching (origen del taoísmo), apreciaba unos principios similares: el mundo se rige por el cambio continuo que establece el Tao. La vida, la existencia, está sujeta a fuerzas mucho mayores que nosotros mismos. Fuerzas que entran en conflicto y cuya dinámica nos afecta, nos guste o no. No somos más que una pequeña mota de polvo dentro del universo y pretender que todo se mantenga invariablemente según nuestros deseos es sencillamente estúpido. Los tiempos cambian, las situaciones cambian y nosotros cambiamos con ellas. De esta manera terminamos por comprender que los cambios no son buenos o malos, sino etapas que han de suceder y a las que tenemos que adaptarnos.
Pero ¿podemos hacerlo? Muchos sienten que son incapaces de cambiar. O, directamente, no quieren hacerlo. Personas que viven atrapadas en la idea de que uno es lo que es y que cambiar supondría, por un lado, dejar de ser ellos mismos, y por otro, una fuente de ansiedad y miedo por lo que significa: abandonar su zona de confort. Más vale malo conocido que bueno por conocer, dice el refrán, y lo seguimos al pie de la letra.

 

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