De Colombia a Indio Rico: el amor
HISTORIA DE VIDA

De Colombia a Indio Rico: el amor "en línea" que cruzó las fronteras

22/05/2021
E

l colombiano Julio Marín y la argentina Andrea Saldías se conocieron en una página de citas. Él cursaba el último año de la carrera de Diseño Gráfico en capital. Se enamoraron y hace 4 años se casaron en el pequeño pueblo bonaerense de mil habitantes.

 

 La historia de amor entre el colombiano Julio Enrique Marín Gómez (41) y la argentina Andrea Cecilia Saldías (38) es una bocanada de aire fresco en un mundo en el que tantas personas viven asfixiadas en su soledad, sin esperanzas, cansadas de desencuentros, descreídas de poder hallar un amor en los tiempos que corren, tan apegados a las redes sociales.

   Sin embargo, en el caso de esta pareja, la virtualidad fue una aliada.

    Se conocieron en 2014, en la página de citas Amor en Línea. Ambos eran solteros, estaban solos y buscaban una pareja con similares intereses.

   Julio, quien había llegado desde Colombia en 2010, cursaba el último año de la carrera de Diseño Gráfico y trabajaba en capital federal. Andrea vivía en Indio Rico, un pequeño pueblo de unos mil habitantes, en el partido de Coronel Pringles.

La página les permitía seleccionar edad, política, gustos y hasta religión y la altura de la persona requerida, para establecer perfiles de afinidad.

   “Como soy cristiano, buscaba personas de mi misma fe”, contó Julio, quien proviene de una familia muy humilde y quedó huérfano a los 9 años, cuando la guerrilla terminó con la vida de su papá.

    Ambos estaban a punto de bajar los brazos en la búsqueda de pareja online porque no hallaban personas con sus valores, cuando Julio encontró a Andrea y le escribió.

   Ella quedó fascinada enseguida. Tenían muchas cosas en común y hasta podían hablar de textos bíblicos. Antes de encender la cámara, Julio le pedía unos segundos de espera para ponerse una remera.

   "Me gustó que fuera tan respetuoso, eso me llamó la atención", dijo ella.

   Julio recordó la primera vez que la vio por cámara, por Skype.

 

 "Me enamoró. La sonrisa, la alegría que tenía de verme y yo también, estaba muy feliz”, dijo.

   “Pasamos mucho tiempo por internet. Nos poníamos a hablar por teléfono y durábamos dos horas hablando los fines de semana”, contó el colombiano.

   Pasaron varios meses hasta que intentaron encontrarse en Necochea, pero ella no pudo llegar. ¡Se le rompió el auto! Julio dejó de atenderle el teléfono.

   “Me molesté mucho. Pensé que estaba mintiendo o jugando. Estuve todo el día muy triste. Para mí no me quería conocer. Pero ella insistió y mi hermana me aconsejó que le diera una oportunidad”, recordó.

   “Tuve un amor en mi juventud  que me engañó y tenía tanto temor y desconfianza de volver a caer en lo mismo”, comentó.

Finalmente, le contestó y quedaron en encontrarse unos meses más tarde, en Semana Santa, en Mar del Plata. Él la fue a buscar a la terminal con un oso de peluche, golosinas y una rosa. Ella también descendió del colectivo con regalos.

   “Se bajó y nos besamos. Fue amor a primera vista. Me acuerdo tanto”, confió él.

   Pasearon y charlaron todas las tardes y ya no se separaron.

  Verse cada tres meses parecía una locura. Hasta que Julio le propuso casamiento.

 

 

 “Me dijo: ‘No tengo nada para darte –mientras se daba vuelta los bolsillos- Lo único que tengo para darte es amor’”, recordó.

   Para ella fue más que suficiente: "El dinero va y viene, lo que importa es el amor".

   El 23 de junio de 2017 se casaron en Indio Rico y se fueron a probar suerte a Mar del Plata. Antes, viajaron a Colombia donde Andrea pudo conocer los lugares más significativos para él y realizaron una boda “simbólica” para su familia.

“Ella quedó enamorada del mar de Colombia, de Santa Marta, no había visto playas caribeñas. También de la comida, los colores, lo tropical”, contó él.

   “Yo le había dicho que tramitara el pasaporte que la iba a llevar a Colombia para que conociera a mi familia, pero no me creyó. Nunca había salido de Indio Rico. Un día le dije: ‘ya compré los boletos’ y le envié la captura de pantalla de los pasajes. Y tuvo que tramitar el pasaporte”, contó.

Mar del Plata, a su regreso, los defraudó, no encontraron trabajo, gastaron todos sus ahorros, les robaron lo primero que se compraron a una semana del estreno: un secarropas. Decepcionados, decidieron instalarse en Indio Rico, donde la mamá de Andrea les dio alojamiento.

  Julio se enamoró del terreno de al lado y oraba todos los días para poder construir su hogar sobre ese suelo. Y así lo pudo hacer. Consiguió un precio muy favorable y aprendió a levantar su casa junto a un albañil.

 

El matrimonio no tenía las cosas básicas: ni siquiera los utensilios de cocina.

   “Dios facilitó que pudiéramos comprar los materiales antes de que subiera el dólar. Me emociono cada vez que miro la lista de peticiones por ver todas las cosas que el Señor nos ha dado a mí y a mi esposo”, comentó Andrea con la voz quebrada.

Su infancia en Colombia: “Es una historia un poco triste”

    Julio nació en Bucaramanga, en la turística provincia de Santander, donde se encuentra el segundo cañón más grande de América, el Chicamocha.

   “Soy de bajos recursos, huérfano, quedé solo con mi mamá y mis dos hermanas. Mi papá era inspector de policía y la guerrilla lo mató cuando yo tenía 9 años”, confió.

   “Desafortunadamente la situación, como en casi todos lados, está empeorando en mi país. Si estudiás no podés trabajar y si trabajás no podés estudiar. Solo estudian los que tienen dinero”, contó.

   A los 13 años ya cargaba cajas para el dueño de un transporte.

   “Tuve que trabajar para sacar adelante a mi mamá y a mis hermanas. Ella trabajaba en lo que podía, limpiando, lavando ropa, cocinando y vendiendo comida”, contó.

 

on los años, una de sus hermanas conoció a un ecuatoriano que vivía en Argentina y se fue con él. Ya establecida, le dio una mano a Julio para que pudiera viajar a Buenos Aires a estudiar.

   Pronto consiguió trabajo en un restaurante vegetariano chino con un jefe taiwanés. Para esto, había terminado la secundaria de adultos, en Colombia, gracias a una persona que lo dejó trabajar en su empresa con la condición de que culminara el bachillerato.

   “Eso me motivó a seguir una carrera. Uno de mis grandes sueños era estudiar cine, edición de audio y video”, comentó.

   Hoy trabaja como empleado municipal por la mañana y, por la tarde, realiza trabajos de Diseño free lance (sus trabajos se pueden ver en https://www.facebook.com/dimarin.gomez) y de mantenimiento de computadoras y celulares.

   Andrea trabaja en el cuidado de niños y en casas de familia.

   La vida en Indio Rico

   Del pueblo destaca su tranquilidad. Hay dos clubes, un equipo de fútbol, cancha de bochas, talleres, una casa de artesanías y un polideportivo.

   “Uno de mis sueños era llegar a ser ancianito en un pueblo tranquilo. Estuve viviendo cuatro años en capital, en plena Avenida Corrientes, a 4 cuadras del obelisco. La vida es diferente, muy rápida y acelerada, la gente hasta va comiendo mientras camina, te empujan hay ruido, mucho estrés”, dijo.

   La familia de Andrea lo recibió muy bien.

  “Este pueblo es lindo para las personas jubiladas. La juventud quiere irse, porque es demasiado tranquilo y cuando uno es joven quiere estudiar. La gente es muy colaboradora, cuando hay alguien necesitado”, destacó.

   “Ahora es Pueblo Turístico y está creciendo, tenemos cloacas y hay proyecto para una guardería. Hay gente que quiere venir pero está todo alquilado. La gente compra terrenos y construye casas”, contó.

   La gente lo saluda en las calles aún si no lo conoce.

 

Eso no se ve en mi país. Vivía en una ciudad, donde se vive con miedo de tantas cosas malas, el estrés, la delincuencia, la inseguridad. Siempre hubo tiempos muy violentos. Gracias a Dios nunca caí en drogas o alcohol sino que me dediqué al hogar y a trabajar”, remarcó.

   Uno de sus proyectos es armar una radio cristiana para el pueblo. 

   “Desde que nos conocimos fue muy fuerte. Amor a primera vista. Ella vio algo diferente en mí y yo en ella: la sinceridad y la verdad. 

 

LA NUEVA 

 

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