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Relatos de vida: "Yo aprendí a caminar con mi hija"

Pamela Halter, una mujer pringlense que encontró, en su interior, la fuerza para decirle sí a la vida.

01/08/2022
Relatos de vida: "Yo aprendí a caminar con mi hija"

Con esta nota cerramos los tres testimonios de mujeres resilientes que se presentaron hace unos días en el Auditorio Juan Carlos Thorry de Casa del Bicentenario, cuando el periodista y escritor Alejandro Gorestein visitó nuestra ciudad para presentar su libro "Mujeres Resilientes, historias que inspiran fortaleza y esperanza ante la adversidad",
La tercera y última historia la tiene a Pamela Halter como principal protagonista porque también hay protagonistas secundarios que los conoceremos a medida que Pamela vaya describiendo su relato de vida.
Un embarazo complicado.
"En julio de 1999 yo quedo embarazada -recordó Pamela- estaba en Mar del Plata, muy feliz obviamente por la noticia. Y a partir del tercer mes del embarazo ya no me sentía bien, al caminar me dolía mucho el bajo vientre, decido viajar y atenderme acá con mi ginecólogo".
Ya en Pringles le realizan estudios y la primera ecografía de su embarazo el cual ya transitaba el cuarto mes "y yo ya tenía contracciones", señala. Los dolores que había sentido hace un mes atrás se debían a las contracciones; además "tenía una fisura en la placenta por eso tenía pérdidas y tenía que estar en reposo y medicada. Pero yo quería irme de nuevo a Mar del Plata para seguir estudiando en el Conservatorio. Solo me levantaba para ir a estudiar, caminando despacito. Una o dos semanas después se fue agravando el cuadro, ya no era eso solamente sino que tuve una infección renal que terminé en el Hospital Materno Infantil".
Allí la atendieron pero los 49 de fiebre no bajaban. Su suegra le sugiere que llame a sus padres porque no es normal lo que está sucediendo. Su respuesta fue "Cuando me sienta mejor me tomo la combi y me voy. Por esa época no había celulares. En ese momento el que era el padre de mi hija no me daba atenciones".

Su estado de salud no mejoraba, la fiebre hacía que delirara. Ante esta situación llama a sus padres; "por suerte les avisé porque eso fue un domingo y a la noche ya me fueron a buscar. Cuando estábamos regresando esa noche yo sentía en el dedo gordo del pie izquierdo como pequeñas agujas. Cuando llegamos a mi casa miramos con mi mamá y ya tenía una línea negra debajo del dedo. Además tenía como hematomas pero solo en ese pie. El lunes me atiende el doctor y me dice que es normal, que es por retención de líquido y me dejan en observación".
Al día siguiente era tal el ardor en el pie que "tenía que pisar el piso frío porque era como si me estuviesen quemando. Esto no era normal y me trasladan de urgencia a Bahía Blanca y me internan en el Hospital Español. Cuando entré yo pensé que salía al otro día o a la semana" sin embargo "me quedé por largo y tendido tiempo", recuerda.
Pamela no aguantaba el dolor pero por el embarazo no podían darle nada que lo calmara. Los profesionales de la salud deciden ponerla en una habitación sola para que esté tranquila acompañada de su madre.

Sin diagnóstico.
"En ese momento, como no se sabía lo que era ni qué lo provocaba, (el problema) avanzaba a pasos agigantados; y al tercer día tuvieron que darme morfina en pequeñas dosis porque había que cuidad a la bebé". La mancha negra "cuando llegó al pie se frenó en la primer falange y ya era gangrena total, color negro la primer falange. Los médicos no entendieron cómo se pasó a la pierna derecha y es como si hubiese puesto la pierna en la hoguera porque avanzó muy rápido y fue tremendamente doloroso.

Ya estaba transitando el quinto mes de embarazo. Los médicos no sabían qué hacer, qué darme porque no sabían qué era lo que tenía ni qué lo provocaba. Hasta que un momento dijeron que lo provocaba el embarazo. Es como que el embarazo despertó un virus en "ese momento" que afectaba mi sistema nervioso central y donde más tardaba llegar y bombear la sangre eran en las piernas por eso la gangrena".
El calvario siguió. "Me hicieron un montón de estudios muy dolorosos, con la pierna así quemada me hicieron con contraste donde te abren las arterias para ver hasta donde había flujo de sangre. Me hicieron quimioterapia estando embarazada".

El sí a la vida.
Pamela continuó su relato. "Yo estaba de cinco meses, mi hija ya tenía nombre: Brisa del Mar, ya pateaba. Tenía manchas que podían llegar a la panza y podía afectar tanto al hígado como al cerebro de la misma manera, y obviamente, no contaba el cuento".
Los médicos sugieren algo impensado para Pamela: "Si yo quería vivir, conservar mis piernas tenía que interrumpir el embarazo. Yo no tuve nada que pensar. Me acuerdo latente, por más que estuve la mayor parte del tiempo drogada por tanta morfina, me acuerdo que el médico dijo que lo pensara con mi mamá". Pero para Pamela no había nada que pensar, primero estaba la vida de su hija que estaba no solo en su vientre, sino en su corazón en su mente. Para Pamela el sentido de su vida, a costa de su propia vida, era la vida de su hija, que naciera su hija.

"Yo miraba la panza y quería que esté bien mi hija y cuando sufría ciertas cosas o dolores por los tratamientos que me llevaban del Español al Penna, en ambulancia en pleno verano, agarrando mi pierna porque pensaba que se me iba a caer, y regresar en vez con suero, con sangre con plasma". En el Hospital Penna había un equipamiento que sacaba el plasma de su cuerpo por una vía y lo dirigía a una máquina que devolvía sangre y plasma nuevo. Eso a Pamela no le importaba, "era pensar solamente en la bebé y no en mí", asegura.

Su primera amputación.
El calvario de Pamela era cada vez mayor. Y lo relata así: "Llegó un momento que la gangrena se frena debajo de la rodilla con tanto tratamiento que me hicieron y la pierna cae y queda sostenida por el hueso. Yo ya no quería saber más nada de esa pierna. Yo quería que me la cortaran. No quería verla más así y no quería sufrir más. Yo pedía que me la cortaran. Me la amputaron estando embarazada. Eso fue en enero, en febrero nace mi hija sietemesina por cesárea porque no podía nacer por parto normal. Y con la activación de las hormonas se activa la gangrena en el pie que había quedado en la primer falange". Pamela tenía 21 años.
Brisa del Mar nació pesando 1,700 kg y necesitó incubadora. Por el estado de salud de Pamela no podía moverse ni ver a su hija. "Me acuerdo que en ese momento en el Hospital Español estaban las monjas, me ataron a una silla de ruedas con una madera para que apoyara la pierna recién amputada y cada cinco días hacía el sacrificio de bajarme a la silla de ruedas, porque la cama era alta, para ir a Neo a ver a mi hija".
Pamela describe esas visitas como "un momento de felicidad plena porque tenerla aunque sea cinco minutos a upa, poder darle la leche por la sondita. Era un ratito pero ese ratito era todo y cada día venían con la noticia que aumentaba 20 gramos y yo esperaba el momento en que me la trajeran, yo pedía que me la trajeran".

Una nueva amputación.
Ese progreso de Brisa impulsaba las ganas de vivir de Pamela quien agradece el apoyo de "toda mi familia, mis papás porque si no hubiese sido por ellos yo no hubiese pasado por nada de lo que pasé. Mi mamá estaba ahí, mi papá viajaba todos los días de Pringles a Bahía".

"Mientras mi hija estaba en Neo a mí me amputaron el pie, esa fue una cirugía más complicada al haber tendones y demás. Mis papás se trajeron a la bebé a Pringles y yo quedé internada hasta recuperarme de la amputación y después estuve un año postrada".

Aquí Pamela hace un paréntesis "entiendo mucho a los adictos, y esto lo digo porque muchas veces es por elección y otras veces porque nos hacen. A mí me pasaron mucha morfina, yo tuve un síndrome de abstinencia tremendo. Pienso que si no hubiese estado postrada hubiese salido hasta robar al Hospital, porque lo necesité mucho, fue tremendo". Pero Pamela tuvo el sostén de sus papás.

Madre e hija aprenden
a caminar.
"A la gordita no me la podían dejar porque yo me estaba recuperando de las amputaciones hasta que dije no. Yo la sentía llorar y decía la beba quiere estar con su mamá. Yo no podía darle el pecho por todo lo que había pasado, así que me preparaban la leche y me la llevaron a la habitación. De la cama pasé a silla de ruedas, luego a muletas. También hubo un proceso de tonificar los músculos y una vez que estuve equipada y tonificando que comencé a caminar. Cuando ella dio sus primeros pasos y yo también di los míos. Yo aprendí a caminar con ella, con mi hija", confiesa Pamela.

Como lo dijera Evangelina Valderrey en su testimonio: "Todos podemos llevar la cruz que podemos llevar y yo hoy en día la sigo luchando, como todos interiormente. Uno puede verte bien, pero yo todos los días tengo dolores, es ponerte las prótesis y salir, es trabajar, pensar en mi hija que está estudiando, seguir trabajando para ella".

"Hasta que algo no nos pone a prueba no sabemos cuanta fuerza interior tenemos y hasta donde podemos llegar", concluyó Pamela.

Los relatos de vida de Evangelina, Belén y Pamela seguramente no son los únicos de resiliencia. La presentación de un libro hizo que los conociéramos. Muchos conocemos a estas tres mujeres y quizás muchos no conocíamos sus historias. Historias que nos hablan de dolor, pero también de superación.

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