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Sin ancianos no hay futuro.

Poner en el centro de la vida personal y comunitaria a los mayores es asegurar un futuro para todos

19/11/2022
Sin ancianos no hay futuro.

El martes pasado, 15 de noviembre, en las mesas de la cervecería Josefh que están en la plaza, se reunieron algunos jóvenes y ancianos para merendar juntos. Fue un acontecimiento llevado a cabo por la Comunidad de San Egidio en el marco de la VI Jornada Mundial de los Pobres. Los jóvenes y los ancianos reunidos no tienen vínculos de sangre entre sí, pero los une una amistad cultivada durante mucho tiempo. Es un evento que puede pasar desapercibido y ser considerado, incluso, irrelevante. Pero este evento, abierto a la participación de todos y que se repite semana tras semana en distintas formas y lugares, es un espacio de encuentro muy importante que propone poner a las personas mayores en el centro de la vida personal, familiar y social, rescatando el valor que ellas representan para nuestras sociedades.

Los avances en higiene, salud y alimentación de los últimos cien años hicieron posible el antiguo sueño de vivir muchos años. Envejecer ya no está reservado a unos pocos, como sucedía algunas  generaciones atrás, hoy todos esperamos vivir esa experiencia. Sin embargo, existe una grave contradicción: para muchos ancianos, en el mundo actual, vivir es difícil. La oportunidad extendida de alcanzar una vida larga no ha sido acompañada de la difusión de condiciones de vida adecuadas para las crecientes necesidades que esto implica, y nuestra cultura no ha elaborado todavía un sentido del ser viejo. Es una gran paradoja: se vive más, pero esa vida “extra” parece no tener valor ni lugar entre los que aún son jóvenes.

Con el paso del tiempo crece la dependencia de los demás. La necesidad de ayuda se hace mas evidente en la vejez. Pero en nuestro mundo, que exalta la autonomía y la autosuficiencia, la dependencia no es una condición positiva. En efecto, la fragilidad de los ancianos, la enfermedad o la necesidad, muchas veces, en lugar de suscitar solidaridad se convierten en motivos de marginación. Muchas personas, al envejecer, luchan por seguir activas, se esfuerzan para seguir mostrándose seguras, incluso escondiendo sus fracasos o limitaciones, pero no siempre resulta posible mantenerse en carrera y cuando enseñan su debilidad corren el riesgo de ser alejadas. Para muchos, llegar a la vejez, significa entrar en un mundo que ya no los reconoce, que no les garantiza un lugar en medio de sus semejantes. Muchos mayores se ven obligados a afrontar solos sus crecientes limitaciones. Experimentan el abandono, precisamente en el momento de mayor necesidad. Para muchos termina por imponerse una angustiosa pregunta: “¿hasta cuando podré  arreglármelas yo solo? El anciano es el gran enfermo de soledad de nuestro tiempo.

Pero hay que reconocer las dificultades. En familias cada vez más pequeñas, hay poco espacio para los ancianos. Los convivientes más jóvenes suelen estar ocupados y la edad avanzada requiere asistencia y ayudas para vivir de manera digna. Por otro lado, las familias se encuentran solas y con pocos recursos para sostener situaciones de gran fragilidad. No existe una red humana y asistencial suficientemente robusta y extendida para que el anciano permanezca en casa con los suyos. La respuesta mas difundida hoy es la institucionalización. El sueño anhelado por tantas generaciones puede convertirse entonces en una pesadilla, porque al final, perder la autonomía, significa perderlo todo: las relaciones, la casa, las cosas personales, el dinero y también el poder de decidir sobre la propia vida, que queda en manos de los demás. La institucionalización se acepta con resignación y muchas veces con dolor, pero es un hecho que constata la necesidad de hacer más inclusivas nuestras sociedades. El número creciente de ancianos y su condición de debilidad llama a la sociedad, a la familia, a cada uno, a un cambio, a una revolución cultural en la que es necesario que todos participemos.

En el capítulo 4 del Evangelio según Marcos se lee que Jesús cruza en una barca el lago de Genesaret junto a sus discípulos. De repente se desata una tormenta y las olas amenazan con hundir la embarcación. Los discípulos se dirigen angustiados a Jesús, que esta durmiendo en la popa: “Maestro ¿no te importa que perezcamos?”(Mc 4, 38) Esta pregunta la repiten mil veces muchos ancianos en la cama de los hospitales, en las habitaciones de los geriátricos, en las casas que han quedado en silencio, en la oscuridad de las noches de dolor. Esta pregunta debe encontrar, como en el caso de los discípulos, una respuesta que de seguridad y devuelva la esperanza, una voz paterna que sostenga y consuele: “¿por qué están con tanto miedo? ¿cómo no tienen fe?”(Mc 4,  40).

La propuesta de San Egidio es hacer presente esta respuesta del Señor, es no abandonar la vida en el momento de la debilidad, aunque solo le quede un suspiro. El naufragio, que resulta ser anciano en este tiempo, puede encontrar un puerto seguro en la compañía activa y espiritual. La ayuda concreta es necesaria, pero la compañía es el mayor servicio que se puede hacer a los mayores. No se vive únicamente de asistencia, la amistad hace vivir, porque es fuente de consuelo y esperanza, que son pilares insustituibles para afrontar las adversidades. No es solo una iniciativa bienintencionada o una invitación a participar en una experiencia enriquecedora. Va mas allá. Propone la construcción de un vínculo, una relación que perdure en el tiempo, comprometiendo y enlazando la propia vida con quien ha alcanzado una vida larga. Se trata de una alianza entre generaciones, donde todos reciben y dan.

En Coronel Pringles, San Egidio, acompaña a los ancianos desde 2010. El encuentro periódico y fiel en sus propias casas o en los hogares para ancianos donde residen, da forma a esta amistad de tantos años. La visita, hecha de conversaciones, vivencias compartidas, ayuda en las dificultades y sobre todo de oración común, se hace compañía que libera de la soledad y sostén en la fragilidad. Es una propuesta abierta a todos para construir una cultura de la solidaridad y de la acogida hacia quien es más anciano.

La longevidad es una verdadera bendición para todos, para quienes la han alcanzado y para quienes esperan alcanzarla. En la ancianidad se descubre un sentido diferente de la vida que enriquece las demás etapas de la existencia. En la debilidad se descubre lo que verdaderamente sostiene la vida y le da sentido. Los ancianos muestran que la vida es mucho más que tener y hacer. Nos recuerdan la necesidad que todos tenemos de ser amados y apoyados. Su presencia puede volver a poner los valores de gratuidad, compañía y respeto por los débiles en el centro de una sociedad que sufre por una visión demasiado materialista de la vida. Son, por lo tanto, un recurso indispensable para el equilibrio de la sociedad, de las familias e incluso de las personas, porque nos ayudan a ser conscientes de todo el amor que hemos recibido y, por lo tanto, a ser agradecidos. La debilidad de los mayores invita a los más jóvenes a aceptar la dependencia de los demás como forma de afrontar la vida. Además, los ancianos son los depositarios de los recuerdos, que representan un valor para toda la sociedad. La memoria, el testimonio en primera persona, muestra la dimensión humana de los acontecimientos pasados, ayudando a comprender verdaderamente la historia.

Apartar de la vida personal y comunitaria a los ancianos, es aceptar que una vida débil no merece ser vivida ni acompañada. Es aceptar vivir en una sociedad en la que la gratuidad y la generosidad no tienen lugar. Por eso la calidad de una civilización se revela en la forma en que esta trata y acoge a sus miembros mas débiles. Ocuparse de los ancianos no es solo salvar a los ancianos o asegurar nuestro futuro como ancianos, es garantizar una reserva de humanidad que salva a toda la sociedad, es asegurar un futuro a todos.

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