Camino a los 144 años:
La historia de Joaquín de Aduriz y la picaresca anécdota detrás del almacén «El Gavilán»
La memoria de los orígenes de Coronel Pringles se encuentra indisolublemente ligada a la impronta de la colectividad vasca. En las páginas doradas del Álbum de Diario El Orden de 1921, resalta la semblanza de Don Joaquín de Aduriz y Zabala, un pionero que pisó suelo pringlense antes de que el trazado urbano fuera siquiera una realidad oficial.
Nacido en San Sebastián en 1862, Don Joaquín encarnaba las virtudes atribuidas a su estirpe: tesón inquebrantable, hidalguía, apego a la palabra empeñada y espíritu de sacrificio. Corría el año 1880 cuando, con apenas 18 años, arribó a la Argentina y se dirigió sin escalas a la inmensidad de estos parajes para desempeñarse como mayordomo en las estancias de los campos de Zabala, parientes de su rama materna. Para aquel entonces no existía aún la organización comunal ni se había fundado el pueblo, erigiéndose así como uno de los pobladores más antiguos de la comarca.
Diez años de ahorro y la fundación de un hogar
Tras una década de intensa faena rural y conducta austera, en 1890 inició el camino hacia su independencia económica. En ese mismo año fundó su hogar al contraer matrimonio con Doña María Castro, su compañera inseparable, con quien formó una familia prolífica de catorce hijos (diez de ellos con vida hacia 1921: Agustín, Joaquín, Vicente, Enrique, Felisa, Angélica, Mercedes, Consuelo, Teresa y José Luis).
Con sus ahorros, Don Joaquín compró tierras y arrendó unas 6.000 hectáreas pertenecientes al estanciero Beltrán Elespagaray, iniciando simultáneamente la apertura de una casa de comercio que cambiaría la geografía de la zona: el almacén de ramos generales que dio origen y nombre al paraje «El Gavilán».
«Para que se las trague»: el ingenioso bautismo comercial
El origen del nombre del almacén encierra una de las anécdotas más simpáticas y representativas del ingenio campestre de finales del siglo XIX.
Al momento de abrir las puertas del flamante negocio, Don Joaquín deliberaba en una rueda de amigos sobre cómo debía llamarse el establecimiento. Hacía poco tiempo se habían instalado en la región dos casas del mismo ramo con nombres alusivos a aves: «La Paloma» y «La Gaviota». Fue entonces cuando un amigo de la casa, el cordobés Don Filemón T. Núñez, lanzó una ocurrencia que desató risas y quedó consagrada en el acto:
«Ya que hay dos casas de negocio con el nombre de La Gaviota y La Paloma, es natural, pues, que salga El Gavilán en competencia para que se las trague...».
La ocurrencia fue adoptada al instante y el cartel quedó fijado sobre la llanura. Con los años, el empuje del comercio fue tal que terminó bautizando a toda la comarca circundante, transformándose en una referencia ineludible para carreros, peones y estancieros.
El relevo generacional
Hacia 1921, con Don Joaquín y Doña María pasando una temporada en España acompañados por seis de sus hijos, el negocio continuaba en pleno apogeo bajo la firma «J. de Aduriz Castro y Cía.», conducida con probada solvencia por sus hijos Joaquín, Vicente y Enrique. Los hermanos explotaban activamente el almacén y subarrendaban unas 1.000 hectáreas del campo original a su padre, manteniendo encendida la llama del trabajo y la honorabilidad que su progenitor sembró en los albores de nuestra historia distrital.