HISTORIAS DE VIDA.
Delia Lacazette, una de las primeras jugadoras de básquet de nuestra ciudad.
La de Delia Lacazette es una de esas lindas historias que merecen ser conocidas y contadas, sobre todo para las nuevas generaciones para que perdure en el tiempo y en la memoria colectiva de la comunidad.
Seguramente muchos conocerán a Delia por sus ricos pasteles, por su servicio en el Voluntariado Vanoli, otros por su dura historia de vida que es, a la vez, ejemplo de entereza, fortaleza, de amor y fe en Dios. Pero muchos quizás no conocen su paso por el basquetbol femenino de Coronel Pringles, siendo una de las primeras en practicar este deporte en nuestra ciudad.
Hoy, cuando el básquet femenino está resurgiendo en Pringles, quizás sería enriquecedor para quienes lo practican, conocer a Delia quién, siendo simpatizante del Club Independiente, vistió los colores del Club Alem en la década del 50.
Según consta en un libro que la entidad celeste publicó en su cincuentenario (15 de agosto de 1966) el equipo de básquet femenino del que fue parte Delia lo integraban también Cata Plaza de Rodríguez, Zulema Sánchez, Nelly Canobbio, Teté Pennini, Nieves Mandagarán, Chela Ohaco, Rita Ferrari, Nelly Armario, Mabel Vara e Idea Facchin. Muchas de ellas ya no están con nosotros pero Delia las recordó con mucho cariño en esta nota con El Orden.
El inicio en el básquet.
“Un día voy a una tienda donde trabajaba una amiga y me preguntó si no quería jugar al básquet”, comenzó a relatar Delia. “Yo nunca jugué, le dije; pero te enseñamos no hay ningún problema, me respondió mi amiga. Yo le dije que no sé si me dejarán en mi casa porque todavía soy menor de edad. Mi mamá me dijo si tenía con ir quien ir sí. Y así comencé. Íbamos en grupo a las prácticas en la cancha de Alem que estaba en el Boulevard 13”.
El entrenador del equipo era Pepe Rodríguez; “era bravo, exigente, lo respetábamos mucho; si nos habrá hecho correr alrededor de esa cancha. Cata Plaza y yo jugábamos atrás, éramos defensoras y las dos éramos de baja estatura pero éramos muy ágiles. Y a las altas les teníamos que enseñar a correr, no sabían”, recuerda con una sonrisa Delia.
Desde ese entonces el básquet ocupó un lugar importante en su vida. “Yo me entusiasmé tanto que los primeros días le di con todo porque me encantó empezar a jugar al básquet”. Tanto entusiasmo de golpe y con tanto ímpetu le produjo una lesión. “Me esguince y no podría caminar. Y como mis compañeras veían que yo no iba, no todos teníamos teléfono en casa, se enteraron lo que me pasaba y vino a verme el hijo del Dr. Mammini que era nuestro director técnico y me dijo papá tiene un medicamento que es para los animales”.
Delia recuerda que “ese remedio tenía un fuerte olor con ese me curé; después seguí jugando normal. Jugábamos una o dos veces al mes porque esperábamos que nos invitaran de algún lugar. Independiente también tenía equipo de básquet femenino.
El básquet por un Vázquez.
En esa época no era muy común que las mujeres jugaran al básquet, si bien había equipos en la zona no era habitual. Delia nos contó que no le dijo nada a su papá de la incursión en este deporte “porque con mamá siempre hablábamos de todo, pero me contaron que mi sobrino Edgardo Lacazette renegaba de que yo jugara al básquet porque a él no le gustaba no era común que las mujeres jugaran al básquet pero había equipos en La Madrid, nos ganaron 30 a 1 una vez, Indio Rico también tenía equipo. Éramos un grupo muy unido, había varones también que acompañaban a Rodríguez”.
Los casi cuatro años que jugó al básquet Delia lo disfrutó “pero después me hice de novia, me casé y me fui al campo a vivir y ya no jugué más”. Con una nostalgia alegre, dijo: “Mis compañeras se reían y me decían así que dejás el básquet de acá y te vas con un Vázquez para allá”. Su esposo se llamaba Albino “Chochi” Vazquez. De su matrimonio con “Chochi” nacieron Rúben, Jorge y Griselda.
Nos contó que estuvo 41 años en el campo: “Extrañé mucho cuándo me fui, al básquet también. El básquet siempre me gustó y tengo ganas de ir a mirar al equipo de ahora, a las Cebras”.
Dar gracias a Dios.
Si bien ha pasado por momentos duros como la pérdida de su hijo mayor Rúben –falleció el día que éste cumplía 51 años- dos meses después perdió a su esposo y hace un poco más de un año a su nuera Mónica; y con algunos problemas de salud, Delia asegura que “a los 88 años, ¿qué más puedo pedirle a Dios? No puedo pedirle más nada, al contrario, tengo que agradecerle todos los días”.
Con estas palabras de Delia cerramos esta nota, una mujer que a pesar de los golpes (del básquet y de la vida) sigue jugando con entereza y alegría el partido de la vida.