#Filosofiaparallevar
Filosofando nos convertimos en verdaderos seres humanos
Es tiempo de aislamiento, mas no de parar. La filosofía es una herramienta para no parar, para bajar, pero también es un salvavidas para la existencia humana en tiempos de incertidumbre. ¿Por qué filosofamos, cuál es la razón de que la especie humana sienta la necesidad de filosofar, de dónde procede el estímulo que nos lleva hasta ella? .
A todos nos llama la atención el filosofar, aunque lo hagamos de forma ocasional y poco intensa. De hecho, filosofamos a diario, casi sin darnos cuenta; la filosofía, pese a que a veces no la percibamos, o no percibamos que la empleamos, está presente en nuestras vidas de manera muy real. No en vano, es una de las llaves más preciadas que tenemos, si sabemos cómo utilizarla, para abrir puertas a soluciones que nos hacen más humanos y felices (sea esto último, la felicidad, lo que cada cual quiera), si bien esas soluciones no las aporta la propia filosofía, sino nuestro propio recorrer a lo largo de la vida. Ella sólo muestra, si acaso, el camino, la dirección, y nada más.
Todo esto es de sobra conocido: sabemos que la filosofía es importante (o, en caso contrario, debería serlo), que dota de sentido a nuestras búsquedas y proporciona elementos útiles para entender y afrontar, casi a la manera de una psicología muy especial, los grandes problemas que hemos padecido y las grandes preguntas que nos hemos hecho desde siempre. Ahora bien, ¿por qué filosofamos, cuál es la razón de que la especie humana sienta la necesidad de filosofar, de dónde procede el estímulo que nos lleva hasta ella?
En las próximas líneas me ayudaré de las extraordinarias palabras de Karl Jaspers, filósofo alemán de la segunda mitad del siglo XX vertidas en su obra (absolutamente ineludible y de una enorme importancia) "La filosofía, desde el punto de vista de la existencia", para intentar responder, de alguna forma, a estas cuestiones.
Al preguntarnos de dónde nace la pretensión o la necesidad de filosofar, los diferentes pensadores, aquellos que sintieron en ellos mismos dicha necesidad, han llegado a distintas conclusiones a lo largo de los siglos. Esto nos indica que puede haber un origen no unitario en el deseo de filosofar, es decir, que filosofamos por varios motivos. ¿Cuáles son?
Uno de ellos podría ser el asombro, como pensaba Platón: "El espectáculo de la bóveda celeste nos ha dado el impulso de investigar el universo. De aquí brotó para nosotros la filosofía, el mayor de los bienes deparados por los dioses a la raza de los mortales". Igualmente, Aristóteles sostenía que "la admiración es la que mueve a los hombres a filosofar". El hecho de asombrarse se relaciona en cierto modo, aunque no siempre, con la ignorancia: si bien podemos admirar algo comprendiéndolo a fondo, el sustrato del asombro parte del no saber. Sin embargo, ese asombro impele a conocer, a adquirir un conocimiento que sea satisfactorio en sí mismo, no empleado para otros fines. Las respuestas que obtenemos del conocimiento de qué es el mundo y de dónde surge no son útiles, pero sí valiosas en sí mismas, puesto que constituyen el puro saber.
Otro de los motivos por los que puede surgir la filosofía es la duda. Una vez conocemos lo existente, o quizá seguramente como consecuencia de ello, llega la situación de incertidumbre, el momento en que se reflexiona hasta dónde penetra en la realidad nuestro saber. En palabras de Jaspers, "las percepciones sensibles están condicionadas por nuestros órganos sensoriales y son [posiblemente, añado yo] engañosas o, en todo caso, no concordantes con lo que existe fuera de mí, independientemente de que sea percibido o en sí. Nuestras formas mentales son las de nuestro humano intelecto".
Al iniciar la reflexión filosófica aferramos la duda, y forma ya parte de nosotros mismos. Esa duda, que debe ser radical, puesto que es la "fuente del exámen crítico de todo pensamiento", constituye el cimiento a partir del cual logramos "conquistar el terreno de la certeza".
Podemos considerar, asimismo, que el origen de la filosofía radica en el cerciorarse de "la propia debilidad e impotencia" (Epicuro). Es decir, nuestro filosofar arranca cuando experimentamos el fracaso, identificado como nuestra ineptitud ante las situaciones límites, a las que nos enfrentamos con escaso o nulo éxito (por ejemplo, la muerte, el padecimiento, la pena, la desconfianza ante el mundo, etc.).
Nuestra sociedad actual, en bastantes aspectos deshumanizada y carente de valores, podría ser considerada, para algunos, como una de esas situaciones límite: es en este ambiente de desazón y desespero, en el que parece flotar una arraigada insatisfacción, donde brota la necesidad de una reflexión intelectual, un intento racional por "salir del estado de consternación en que parece estar sumida nuestra civilización".
Estas últimas palabras de Jaspers, con más de medio siglo de vida, siguen hoy vigentes, quizá más que nunca.
A lo largo de la vida de todo ser humano, se presenta una extensa y variada cadena de situaciones y circunstancias, y cada una de ellas con un sentido que apunta a ser descubierto. Estas son situaciones que provocan los más diversos sentimientos, alegría, angustia, tristeza, duda, ansiedad, plenitud, etc.
El hombre, es un ser en situación, y la situación es tanto un hecho físico, como un hecho natural, como un hecho psíquico, es una realidad que siempre se refiere a un sentido. El hombre vive permanentemente en situación, y puede cambiar de situación, pero lo que no puede, es dejar de estar en situación.
Es decir, el hombre, en su vivir cotidiano, está siempre en situación, desplegando así su existencia cotidiana. Pero en este vivir, se puede enfrentar ante situaciones especiales, tales como, el sufrimiento, la enfermedad, la muerte, la culpa, el azar, etc. Frente a estas situaciones, el hombre debe hacer una opción de vida fundamental, ya que estas situaciones son, precisamente, límites.
Límite, como sinónimo de barrera, frontera, que en sí mismo, no es ni bueno, ni malo. El hombre se encuentra ante una situación que le muestra el límite.
El límite, a su vez, actúa como un facilitador de realidades, es decir, un límite, no sólo habla de la realidad que finaliza, o de la realidad penosa en sí, sino que apela a que la persona, una vez que le haya hecho frente a la situación, apueste y descubra el sentido que esa situación tiene.
Sin temor a equivocarnos podemos decir que para todo esto uno tiene que parar la pelota. Básicamente La filosofía se origina en el ocio. De repente el mundo entero está obligado al ocio. Guarda que ocio no tiene la carga negativa que solemos darle en la vida cotidiana. El ocio es parar un rato de las ocupaciones diarias para mirar alrededor.
En este tiempo, nos han obligado a quedarnos adentro, pero no a parar, porque podemos seguir en nuestra rueda de la fortuna interior haciéndola girar y no reconocer el tiempo propicio para volver a la caverna de nuestra intimidad, allí a donde se juega lo más profundo de nuestra existencia, allí donde nace la pregunta por si todo puede ser distinto a como es (y vaya que si lo es)!
En síntesis, al filosofar estamos penetrando en nuestra propia sustancia intelectual, haciendo uso de un don que pocas (o ninguna, en realidad) especies biológicas disponen, y lo que es aún más relevante, cuando damos salida a nuestra vena filosófica (pese a que sea, quizá, peripatética) estamos comunicando con la mayor hondura posible lo que somos, lo que nos importa y qué esperamos del prójimo. En una palabra, es filosofando cuando, también, nos convertimos en verdaderos seres humanos.
Maximiliano Garaicochea es nacido en Coronel Pringles, profesor y Licenciado en Filosofía, docente en todos los niveles educativos, desde primario hasta Universitario. Enseña también en formato virtual a través de Instagram, Facebook y Youtube en "Filosofía para llevar".
2020 fuente: www.apuntesdefilosofia.blogspot.com.ar, 27 de julio de2009.
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