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Ramón Gigón: el señor de las malezas

El pringlense es uno de los investigadores más prestigiosos del país y brinda jornadas y capacitaciones por todo el país. Desde 2019 conduce La Cerraja, su campo experimental exclusivo de malezas, ubicado sobre la ruta 85, en la que realiza 100 ensayos por año

17/02/2024
Ramón Gigón: el señor de las malezas

Contra la lógica que se impone en cualquier campo del país, en La Cerraja cuanto más “sucios” están los lotes mejor. De hecho, hace poco más de tres años había apenas algunos manchones de malezas y hoy está repleto, y de diferentes tipos y especies. Eso gracias a decisiones estratégicas del ingeniero Ramón Gigón. Porque esa es la esencia del predio ubicado sobre la ruta 85, a pocos kilómetros de Tres Arroyos, que compró en 2019: es un campo experimental de malezas.

Nacido en Pringles, formado en la Universidad Nacional del Sur en Bahía Blanca, capacitado y potenciado en el INTA Bordenave y en la Chacra Experimental Integrada Barrow, Ramón es hoy uno de los malezólogos más prestigiosos del país y ha hecho del gran problema que desde hace casi dos décadas amenaza la productividad de los campos y la rentabilidad del negocio agrícola, su foco de investigación.

 

En el nombre del padre

La especialización en el estudio de las malezas para Gigón no fue una casualidad, más bien se trató de una elección que tuvo dos responsables. El primero, y quien le despertó el “gustito”, fue el padre de Ramón. El pringlense Oscar “Tisin” Gigón -fallecido en 2014- era ingeniero agrónomo y siempre estuvo relacionado con las malezas.

“Tenía una pulverizadora que había inventado y montado sobre una Estanciera Baqueano y yo lo acompañaba mucho, éramos muy compañeros. Y me prendió la llamita”, cuenta.

La propagación de esa llama estuvo a cargo del ingeniero Jorge Yrigoyen, docente de la UNS y especializado en Control de Malezas. El fue quien regó la semilla que le había sembrado el padre y lo alentó a que se involucrara a fondo con el tema. Así, Ramón tomó la decisión de seguir la línea malezas.

Una vez recibido, allá por 2004, obtuvo una beca para trabajar en el área en el INTA de Bordenave, donde estuvo ocho años y realizó un posgrado. Para luego, en 2012, mudarse a Tres Arroyos para formar su familia junto a Patricia y desempeñarse en Barrow. Hasta que en 2015 distintas circunstancias hicieron que tomara la decisión de transformarse en asesor independiente. Cuatro años después compró La Cerraja.

Sembrando malezas

Campo experimental exclusivo de malezas, el nombre del predio se debe a la especie que más presencia tenía. Compuesto por 30 hectáreas, La Cerraja está subdividida en 5 lotes de 5 hectáreas y media aproximadamente y se respeta una rotación de los cultivos: hacen trigo, cebada, cultivo de cobertura que va a maíz, girasol y soja.

“Dentro de cada superficie hacemos ensayos de micro parcelas para control de malezas en cada uno de los cultivos y también en sus respectivos barbechos”, explica el ingeniero agrónomo Magister en Ciencias Agrarias e Investigador en manejo de malezas en sistemas mixtos.

“Los primeros ensayos fueron más que nada sobre Cerraja y Rama Negra, que eran las dos malezas que tenía; había algo de lecherón también y dos manchones de Raigrás y Nabolza. Dejamos semillar esos manchones y fueron tomando todo el campo. Hoy prácticamente las 30 hectáreas tienen Raygrás y Nabo, justamente las dos malezas resistentes más importantes en la provincia de Buenos Aires. La mayoría de los ensayos están apuntados a esas dos malezas. También hay un pequeño manchón de Yuyo colorado”.

Las partes en las que no hay malezas se aprovechan para realizar ensayos de selectividad de los herbicidas para observar si los productos no afectan a los cultivos.

Por año calendario en La Cerraja se están haciendo 100 ensayos. Un 75% corresponde a fina (trigo y cebada) y un 25% a gruesa, elección que está orientada por la demanda de las empresas. Al trabajo en las parcelas se les suma las pruebas en el invernáculo, donde llevan a cabo tareas más controladas. “Con riego podemos simular la lluvia para ver cómo funciona un herbicida, a ver si se lava, probamos distintos productos, agregamos rastrojos en la maceta y vemos si el herbicida residual se incorpora, por ejemplo”, comenta.

“Pero todo siempre hay que hacerlo también a campo, porque a veces en el invernáculo anda todo bien y después en el lote hay cosas que no funcionan”, aclara.

 

A pedido

“El fuerte de la actividad en el campo son los ensayos que realizamos para las empresas, que necesitan hacer pruebas para registrar productos nuevos. Son alrededor de 30 con las que tenemos relación”, cuenta Ramón.

En el trabajo con las empresas también está incluida la visita y recorrida por La Cerraja en una jornada que se completa con la disertación del especialista. Hay un galpón muy bien acondicionado para recibir a un buen número de visitantes.

Además de los ensayos “patrocinados”, Gigón lleva adelante sus propias pruebas para investigar cuestiones que le interesan. “Hago estudios con cultivos de cobertura, con otros cultivos a los que no apuntan las empresas (sorgo, camelina, vicia). O flujos de emergencia para ver cuándo nacen las malezas, o competencia. Son cuestiones que hago para el conocimiento de la ciencia en general de maleza”, indica.

La actividad en La Cerraja, el especialista la complementa con charlas y cursos que brinda para asesores en distintas zonas del país. “Además del trabajo de los ensayos siempre me gustó la capacitación, organizar jornadas”, explica.

 

De todo el país

En conjunto con su colega Marcos Yanniccari, otra eminencia en lo que al estudio de malezas se refiere (es investigador del Conicet y se desempeña en la Chacra de Barrow), estudian en el invernáculo poblaciones de Raigrás y de crucíferas de todo el país. “Las vamos juntando todos los años, tenemos una muy importante colección, entonces cuando va a salir un herbicida nuevo, por ejemplo, probamos en 20 poblaciones de Raigrás del país que tienen distintas resistencias, a ver si el producto funciona bien para todas. A las empresas les sirve mucho para testear sus productos sobre distintos biotipos que tienen diferentes resistencias”, dice Ramón.

La actividad de investigación de La Cerraja se replica en campos de empresas y productores en toda la región. “Un 20% de los ensayos que hacemos están afuera. Tenemos pruebas en Dorrego, Pringles, Suárez y Guaminí. Para el otro lado, hay ensayos en Benito Juárez, donde la empresa Campoamor me cedió un campito, en el que trabajamos con Yuyo colorado y Nabo. También en La Dulce hacemos experimentos, y en Cristiano Muerto, Orense y Claromecó”.

 

Hay equipo

El grupo de trabajo de La Cerraja está compuesto por Ramón y tres personas más, que se dedican full time. “Hay un ingeniero agrónomo que evalúa y me ayuda en la elaboración de los informes, y dos muchachos que nos dan una mano con la siembra, con las aplicaciones, con la maquinaria, con el mantenimiento de los caminos de los ensayos”, explica.

Al equipo hay que sumarle al ingeniero Marcos Yanniccari, “que realiza algunos ensayos conmigo y me da una mano en lo que necesite”.

Mezcladas con las fotos de ensayos y resultados de distintas pruebas, Ramón tiene la foto de la Estanciera Baqueano que usaba su papá para fumigar y estudiar a las malezas. En definitiva, ese fue el inicio de todo.

VIA LA VOZ DEL PUEBLO CAMPO 

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