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Entre lágrimas, recuerdos y abrazos: Emotivo reencuentro de ex residentes en el viejo "Hogar del Niño"

Un grupo de mujeres que crecieron en la institución de calle Moreno y Juan XXIII volvió a recorrer sus pasillos. En una charla a corazón abierto, compartieron historias de hermandad, gratitud por las oportunidades recibidas y también el dolor de heridas pasadas. "Para mí fue un refugio, un volver a nacer", coincidieron algunas.

11/01/2026
Entre lágrimas, recuerdos y abrazos: Emotivo reencuentro de ex residentes en el viejo "Hogar del Niño"

Las paredes del edificio de Moreno y Juan XXIII guardan cientos de historias. Risas, llantos, juegos y, sobre todo, vivencias que marcan para siempre. Este fin de semana, un grupo de mujeres que transitaron su infancia y adolescencia en el Ex Hogar del Niño protagonizó un conmovedor reencuentro.

Fue una tarde de emociones a flor de piel. Para muchas, volver a entrar significó un desafío personal; para otras, la alegría de volver a casa.

"Tengo como 70 hermanas" Mónica Caballero, quien llegó al hogar con apenas 3 años, resumió el sentimiento de hermandad que las une: "En vez de tener cuatro o cinco hermanos, tengo como 70. Hoy en día es mi hogar y los primeros años de vida los tengo palpados acá". Mónica confesó que fue la primera vez que pudo volver a entrar, tras un largo trabajo interior para sanar.

El Hogar como trampolín y refugio Entre los testimonios, se destacó el de Angélica Granito, quien vivió allí desde el año y medio hasta los 18. Hoy es abogada y agradece a la comunidad: "Fui muy feliz acá. Tuvimos los mejores médicos, las mejores escuelas y la sociedad de Pringles siempre estuvo a disposición. La educación que tuve fue excelente y eso me acompañó hasta recibirme".

Para otras, como Eli Castillo (ingresó en el '99) , la institución fue una salvación ante entornos familiares violentos. "Para mí fue un cambio tremendo, madrugaba y no tenía los gritos ni los golpes. Fue como volver a nacer", relató Eli con crudeza y gratitud. 

Las heridas que quedan La reunión también tuvo espacio para la honestidad brutal de aquellas historias que no fueron color de rosa. Patricia, quien llegó a los 4 años, admitió entre lágrimas: "Yo no fui feliz. Mi hermana mayor fue la que más padeció por mí, se ligaba las penitencias. Estoy agradecida por la educación, pero feliz no fui".

A pesar de los distintos matices, el abrazo final dejó en claro que, más allá del dolor o la alegría, existe un vínculo inquebrantable entre estas mujeres que compartieron la vida bajo el mismo techo.

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